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Comentario de José Manuel Baena de Granada
Como saben por algunos problemas con el ordenador (y falta de tiempo) no he podido intervenir este més pasado, pero la circunstancia de la continuidad de la obra del més dedicada al llivre vermell me permite hacer algun pequeño comentario aunque no aporte nada más que mis impresiones.
En realidad no es sobre el llivre, sino sobre el lugar en el que se conserva. Para mí todo lo que tiene que ver con Montserrat se adueña de mi médula y se desparrama como una descarga eléctrica por todo el cuerpo.
Por eso me hizo tanta ilusión que se propusiera esta obra. Mis felicitaciones y mi agradecimiento, Irene. Y gracias por la traducción de tan interesante documento.
Hace más de 60 años, un cura joven recien ordenado visita la abadía y, entre oraciones, tiene la oportunidad de escuchar unas voces angelicales que resuenan, no sólo en las columnas y bóvedas, sino, sobretodo, en su alma. Cuando regresa a Guadix solo tiene en la mente la creación de un colegio que pueda surtir de voces para formar una escolanía que cante en la catedral de la ciudad, algo que consiguió pocos años después.
Ese cura se llamaba Carlos Ros, madrileño de nacimiento, accitano de adopción, y fundador de la Escolanía Niños Cantores, aquella en la que me crié y en la que he permanecido durante 25 años hasta que ha desaparecido al desaparecer su fundador y el colegio que la nutría de voces.
En 1982, en mi primer gran viaje con el coro, tuvimos el placer y el honor de cantar en la iglesia de Montserrat a nuestro paso hacia Alemania, gracias a las gestiones de un escolano afincado en Manresa, que supo que la escolanía montserratina estaba de viaje en Japón. Creo que somos la única que lo hecho en 700 y pico años.
En 1992, también de viaje a Alemania, y como siempre que saliamos al extranjero, (26 veces en 40 años) paramos en Montserrat para rezarle a la Virgen. Eran las 5 de la mañana cuando llegamos y todos duermen en el autocar esperando a la hora de apertura de la abadía. A un joven escolano que ha perdido el sueño se le ocurre acercarse por si acaso pudiera entrar. De noche, pero con la templanza del més de Julio, se encuentra con la puerta abierta. Entra sigiloso, con algo de susto por la oscuridad y el silencio que le rodean; sólo se ven un par de cirios encendidos en un lateral. Se sienta al calor del recinto y cual no es su sorpresa cuando de repente comienza un canto majestuoso, potente, viril, electrizante, que lo deja pegado literalmente al banco. Cuando recobra el dominio de su ser, entiende que se trata de los monjes del monasterio que cantan laudes a la salida del sol, o tal vez la prima hora pues ya debían ser las 6 de la mañana.
Habrá de regresar a la abadía tres veces más en los últimos años y siempre con el recuerdo de aquella mañana en la que atisbó, quizá intuyó lo que sentían los fieles medievales cuando, asustados y desconcertados, asistían a los oficios divinos en las grandes catedrales y abadías.
Espero no haberos cansado con mi torpe redacción del emotivo relato. Me gustó recordarlo para vosotros mientras oigo "Stella splendens in monte".
Saludos José Manuel Granada
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